viernes, 3 de abril de 2015

Hola Sao Paulo, ADIÓS SAO PAULO

Hola,

hace dos días que llegué a Río. Quería comenzar esta aventura narrativa antes pero he estado muy ocupado instalándome y haciéndome con el idioma. La verdad es que todo lo que estoy viendo me está gustando, aunque mi aventura en Sao Paulo fue un poco rara. Después de perder unas cuantas horas en el ordenador al más puro estilo Toni Ferrari decidí que era hora de salir del hostal e ir a visitar alguna cosa. Estuve mirando un par de guías locales con eventos y me decidi por ir a un concierto en el Parque das Maitihnas, que no estaba lejos y pintaba bien. Con eso de que vas tú solo pensé que era mejor aparecer en un sitio con mucha gente, así tus posibilidades de entablar conversación con alguien con la suficiente paciencia para soportar a un español poniendo acento gallego aumentan. Lo que no conocía yo es la imprevisibilidad climática ecuatorial, y es algo a lo que me voy a tener que ir acostumbrando. Después de liarme tres veces con la infumable red de autobuses de Sao Paulo, donde los autobuseros aburren por simpáticos y no por uraños (un poco de pragmatismo surgido de la mala hostia, de ese que suelen gastar los conductores en Barcelona, me hubiera venido bien) conseguí llegar al nombrado parque, donde sí parece que podría haber habido un concierto si no fuera por la manta de agua que estaba cayendo. Las carpas que habían instalado para recibir a la multitud estaban tan inundadas como abandonadas, y en los charcos de varios metros alrededor flotaban todavía miles del mismo flyer rosa que había visto en la guía y que me había convencido para venir hasta aquí.

Así que con mi gozo en un pozo aún más mojado que aquella mañana me propuse ir a ver arquitectura de esa que, criticable, sí, pero cuando llueve no te mojas. Así que me encaminé hacia el ilustre museo de la buena de Lina bo Bardi a ver si era tan espectacular como dice Montaner. Con la red de transporte público cada vez más tomada por la mano conseguí llegar solamente en el doble de tiempo que tardaría un autóctono, lo que vista mi primera experiencia suponía una mejora tan sustancial que era para estar orgulloso. Y el museo muy bien, la verdad. Pequeño comparado con las fotos que había visto pero rojo y colgando y molón como se suponía. Me acerqué a la recepción y cosas de la globalización conseguí enterarme de toda la programación en el idioma de Cervantes, lo que me ayudó a decidir qué iba a ver durante las dos horas que me había dado de tiempo antes de tomar rumbo a la estación. Como ya que he venido voy a jugar fuerte, pensé que sería buena idea ir a una perfomance teatral contemporánea calificada de polémica a cargo de una compañía que a partir de ahora diré conocer desde hace años pero que no había oído en mi vida. Y lo que parecía que iba a ser mi pequeña entrada lateral al mundo del teatro se convirtió en el espectáculo más bizarro que he visto nunca. En el escenario dos personas, una mujer y un hombre, vestidos con un camisón rojo y una capucha en la cabeza. Se podía distinguir el uno del otro por su corpulencia y por el pelo de sus piernas; modernos coreógrafos pero en su rol de género, al fin y al cabo. Después de movimientos, giros y volveteras que algunos llamarán danza, ella, más pequeña, se agacha, de espaldas al público, mientras su compañero se queda congelado en una esquina de la tarima. En este punto tengo que describir el recinto para que os hagáis una idea de lo que pasó después.

No era un teatro grande, ni tan siquiera un teatro. Básicamente consistía en una parte del museo que habían cerrado como se suele hacer con plafones divisorios, y en los que habían destinado una parte para que estos dos montaran el show. El espacio constaba de una tarima de unos 20 metros cuadrados y el público se situaba justamente al final de ésta sentado en el suelo con cojines de felpa. Con ello quiero decir que la separación entre los artistas y los espectadores era a veces de pocos centímetros, dependiendo de cómo les diera por girar como peonzas. Habría allí unas 30 personas, que cubrían dos filas en torno al entablado antes de apoyar los de la segunda fila su espalda en la pared. La idea es que básicamente todo el espacio estaba ocupado por la zona de actuación, dejando únicamente un escaso metro para los asistentes. Bueno pues me he quedado en la mujer, de espaldas, agachada. Agachada quiero decir en cuclillas, como si se dispusiera a cagar. ¿Qué tendría que pasar para que eso sucediera? Tendría que ir sin ropa interior, para empezar, para que nada impidiera la caida fecal hasta el piso. Tendría que ser alguien chalada que fuera capaz de vestirse con una sábana y dar vueltas aleatoriamiente como si hubiera acabado con los tripis de toda la generación del 69. Tendría que estar en un sitio donde que alguien cague en un escenario se viera como algo guay y artístico. Bueno, pues ahora pensad que los tres puntos se cumplen y, voilà, ahí tenéis a la buena mujer cagando en el suelo. Y como eso se ve que en Brasil es poco, lo siguiente para estar un poco por encima de la normalidad es coger la mierda con la mano y empezar a pasearla lo más cerca posible de la cara de la gente que miraba pasmada en primera fila mientras arrugaba la nariz y se la tapaba con las manos. Porque una cosa es ser brasileño y otra tener que oler aquello sin hacer una mueca. Acabado el acto coprofágico que bien podría ser el momento álgido del evento la cosa siguió con su rollo raro más o menos habitual (dentro de todo aquello) hasta que el señor cogió una buena jeringuilla -no una jeringuilla al uso, de las que usaría un médico, hablo de una grande, de esas que usarías en una obra de teatro para sacarte sangre y enseñarla al público- y se pinchó, se puso a sacarse sangre y a enseñársela al público. Allí donde me esperaba un grito de desaprobación y un insulto tan bien pronunciado en portugués que hasta yo mismo entendiera me encontré una carcajada general; allí donde me esperaba un levantamiento masivo del público de sus butacas-cojines me encontré con un Oooh! de total ADMIRACIÓN. La cosa siguió, siguió, que si bailes por aquí, que si pajas por allá, y un sin fin de cosas que ya me voy a ahorrar explicar porque creo que la tónica general del acontecimiento ya ha quedado suficientemente clara.

Con el buen sabor de boca que se te queda cuando sabes de forma sincera que no vas a volver a ver una cosa tan desagrable en tu vida (sacar cosas positivas de todo siempre se me ha dado bien) me piré a pelearme con lo autobuseros risueños para que me llevaran a la estación de autobuses de Bona Esperança, donde a las 8 de la noche cerrada me esperaba el bus que me llevaba a Río y me alejaba de la ciudad de los museos donde la gente caga, se pincha y se la casca en público y luego salen aplaudidos.